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Última etapa, aceptación

Percy León, Quito

10 de agosto de 2026

Este relato es un ejercicio íntimo y valiente de memoria. Nos recuerda que escribir desde lo vivido es también sostener la historia de muchxs, resistir en lo cotidiano y nombrar lo que no debe volver a callarse.

-Oscar Molina
Nota del editor: En 2025 realizamos nuestro primer concurso de literatura queer. Este es el texto ganador, escrito por Percy León, joven trans, escritor y ahora parte del equipo del Archivo de la Memoria Trans Ecuador. Lo publicamos entonces en nuestro pequeño sitio de Canva y hoy, con mucho cariño, lo traemos de vuelta a nuestro sitio web oficial, como parte de nuestra memoria.

En aquel lugar, apenas iluminado por luces de colores y el calor de los tragos, me encontraba yo: una figura solitaria sentada en la mesa más alejada del bar. Las risas de compañeros disfrutando de la compañía del otro me rodeaban, haciendo que mi soledad se notara como una mancha en una camiseta blanca. Aun así, traté de no darle importancia, pues me había acostumbrado a mantener a las personas a cierta distancia.

Simplemente, aunque pudiera admirar la libertad que manejaba la gente que frecuentaba aquel bar, sabía que no era algo qué yo pudiera lograr. Al menos no completamente. Suspiré, limitándome a tomar otro trago de agua. Fue en ese momento, justo cuando empezaba a hacer las paces con mi situación, que lo ví.

Mi corazón dejó de latir por un segundo mientras mi cerebro intentaba procesar la realidad: ese hombre… estaba aquí. Sí, sin duda era él. Para mi descontento hubiera reconocido esa figura en cualquier lado. ¿Cómo no hacerlo? Sí me había cerciorado una y otra vez de esconderlo, echarlo, e incluso golpearlo. Estaba segura de que había hecho de todo para que se fuera de una maldita vez y me dejara en paz, pero por alguna razón, siempre regresaba a visitarme.

Inmediatamente giré la cabeza para el otro lado, fingiendo demencia mientras me enfocaba en beber mi cerveza. Incontables eran las veces qué nos habíamos topado, pero no en todas ellas entablamos una conversación. Por lo tanto, hoy me negaba a siquiera verlo. De ser necesario lo ignoraría toda la noche hasta que se cansara y se marchara con las manos vacías. Pero parecía que él no estaba dispuesto a ponerme las cosas fáciles.

Con el rabillo del ojo noté como tomaba asiento al frente mío, dejándonos solos en aquella mesa tan pequeña. Me tensé, ya que con cada segundo que pasaba se me hacía más difícil ignorarlo. Pero tenía que hacerlo: no quería ver su estúpido pelo perfectamente corto, ni su sonrisa llena de confianza, ni mucho menos… aquel cuerpo que parecía habitar con completa comodidad, luciendo un estilo único. Sabía que si regresaba a verlo, y sus ojos llenos de vida se encontraban con los míos, no habría manera de esconder lo inconforme que me sentía en realidad.

Así que resistí. Mantuve mi mirada fija en el suelo, por más que poco a poco sentía qué las paredes se cerraban a mi alrededor. Todo se veía borroso. Todo menos él… Y dentro de mi frustración, lo escuché.

—Aquí y ahora, te pongo la oferta sobre la mesa. No quiero perseguirte más, sé que estás cansado.

Finalmente, lo regresé a ver. Estaba sonriendo, pero a pesar de mi rabia, podía reconocer que no era de una forma burlona, sino como si conocía algo que yo ignoraba.

—Escapa conmigo y podré liberarte de las paredes que te encierran —antes de que pudiera refutar, él levantó sus manos pidiendo más tiempo para continuar—. Solo cambia lo típico, por algo colorido. ¿Y si es una locura? ¡Entonces vive un poco loco! Puedes quedarte en lo seguro, o puedes arriesgarlo todo y ver a dónde te lleva…

Aunque quería decirle que se vaya al carajo, aquel monólogo tan absurdo y apasionado logró sacarme una pequeña risa. Cualquiera que no lo conociera juraría que estaba drogado. Simplemente era ridículo. ¿Cómo pretendía que yo dejara todo atrás por él y su promesa tan idealista? Estaba segura que aún si me ofreciera el mundo, no llegaría a compensar el perder la seguridad que me daba estar en mi lugar: el lugar donde se encontraba todo lo conocido y familiar…

—¿Acaso no quieres escapar del rol que aprendiste a actuar? Puedes seguir sobreviviendo, o puedes ser como yo: tomar la llave, salir de la jaula, y finalmente ser libre para volar —con determinación, él extendió su mano hacia mi—. Ven conmigo. Te llevaré al otro lado.

Durante unos segundos mis ojos se quedaron posados en su mano. Solo por un momento, estuve tentada a agarrarla, pues algo de lo que dijo hizo que mi corazón saltara: como si resonara con su idea de la libertad, buscando desesperadamente conseguir las alas que nunca tuve para partir.

Sin embargo, no fue suficiente para convencerme de echar a la basura todo lo que me había obligado a constituir. Así que negué con la cabeza, obligándome a sostener su mirada mientras intentaba copiar la confianza que veía en él. Parte de mí sabía que estaba fallando, pues era imposible presumir algo que nunca había tenido.

—¿Quieres atraparme con tu trato? Gracias, pero no —dije, forzando una sonrisa—. Porque sí disfruto de la vida en la que juras estoy atrapada.

Él no respondió. Solamente se arrimó al espaldar de la silla, sonriendo mientras cruzaba los brazos. Aquella expresión logró que aumentara mi determinación por convencerlo.

—Claro, te admiro. Tienes algo bueno y eres valiente para perseguirlo. Pero personas como yo no estamos hechas para esa clase de vida.

De nuevo, no respondió. Y eso hizo que mi frustración incrementara. Maldita sea, él podía ver a través de mi.

—¿No ves qué estoy bien con la situación que me tocó vivir? Tengo lo necesario y no necesito cambiar. No necesito ver “el otro lado” —exclamé, movimiento mis manos para poner énfasis—. Así que ve a venderle aire a alguien más.

Una vez más, su única respuesta fue un silencio que leía co facilidad lo que mantenía oculto.

—¡No estoy en ninguna jaula, así que no necesito una llave! —mi tono era alto, mi cuerpo tenso—. ¡Maldita sea! ¿No puedes ver qué estoy bien? ¡No necesito ver tú lado!

—¿Te gusta vivir así? ¿Solo, en una mesa, observando a los demás con anhelo?

—Sí fuera contigo, sería la comidilla del pueblo. Mi familia sintiéndose deshonrada, y yo desheredado. Completamente rechazado…

—Pero finalmente vivirías y reirías un poco. Solo déjame ayudarte a construir tus sueños liberándote de las expectativas de los demás. Lograrás curar tu dolor y derribar esas paredes que no te dejan volar. Vivir por ti y por nadie más —notando mi silencio, él continuó con más suavidad mientras volvía a estirar su mano—. Ese me parece un trato que vale la pena cerrar.

Pero la decisión final es tuya.

En ese instante, podía sentir el aire a nuestro alrededor, pero no era aplastante y oscuro: sino… ligero, cómo si por primera vez, estuviera siendo acogido en su abrazo en vez de resistirme a él. Lentamente, dejé caer la armadura qué había creado, permitiendo que mi corazón se acelerara con el pequeño destello de libertad que estaba a punto de encender una llama de revolución en mi.

¿Realmente sería capaz de empezar a formar conexiones con los demás? ¿Podría crecer en un cuerpo que me hiciera sentir cómodo, sin necesidad de añorar el suyo? ¿Podría ser como él?

¿Podría… empezar a vivir y dejar de sobrevivir?

Mi mano se movió por su cuenta, temblando ligeramente mientras era atraída hacia la de él: era como si hubieran estado destinadas a juntarse. En el momento en el qué nuestros dedos se rozaron, en mi mente empezaron a desfilar una serie de imágenes en sucesión: yo riendo con amigos de mi comunidad, yo sonriendo mientras me veía en el espejo, yo ayudando a las personas…

Y en todas, era quién siempre había querido ser.

Entonces supe que por más difícil fuera el camino de mi decisión, era donde debía estar. Donde quería estar. Dejé ir el miedo, porque en un mundo que constantemente intenta silenciar a todo aquel que salga y desafíe su sistema opresor, yo escogí creer en el amor.

El amor hacia mi comunidad. A todo aquel que alguna vez se sintió incapaz de alzar vuelo y buscar la libertad que solo se obtiene al ser genuino. Pero sobre todo, escogí creer en el amor

hacia mi mismo, y que sea ese amor, el que me impulse a surcar los cielos: a arrancarme la piel de ser necesario, para así, poder crear mis propias alas con la determinación de un cuerpo que es solo mío.

Antes de que el hombre pudiera retirar su mano, la estreché con fuerza. Por primera vez desde que nos habíamos conocido, le brindé una sonrisa genuina… y él me la devolvió. Ambos sabíamos que esto no sería fácil, pero teníamos un objetivo en común: vivir con libertad. Así que cerré mis ojos, y cuando los abrí, estaba sentado al otro lado de la mesa de una cafetería.

Mi madre estaba en frente mío, esperando mi respuesta.

Respiré profundamente, como había hecho antes de conversar con él, y me armé de valor. Alcé mi cabeza, permitiéndome reconocer con orgullo quién era en verdad, y lleno de seguridad, declaré:

—Sí mamá, es verdad. Soy un hombre trans.

Este relato no solo cuenta una historia. Nos regala una perspectiva que sigue siendo invisibilizada y nos invita a mirar de frente, con empatía, la complejidad del ser y del vivir en autenticidad.

-Mati Palacios

Imagen del archivo

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